Dios 2.0

Hace un año leía un artículo en The Huffington Post que hablaba de las diferentes posibilidades que pueden darse en torno a la existencia de vida extraterrestre. Entre esas diferentes posibilidades hubo una que me llamó fuertemente la atención. La cito textualmente:

Posibilidad 9) Las civilizaciones superiores están aquí, a nuestro alrededor. Pero somos demasiado primitivos como para percibirlas. Michio Kaku lo resume así:

Digamos que hay un hormiguero en medio del bosque. Y justo al lado del hormiguero construyen una superautopista de diez carriles. Y la pregunta es “¿Serían las hormigas capaces de entender qué es una superautopista de diez carriles? ¿Serían capaces las hormigas de entender la tecnología y las intenciones de los seres que construyen la autopista a su lado?”.

Así que no es que no podamos recibir las señales del Planeta X usando nuestra tecnología, es que ni siquiera podemos comprender qué son los seres del Planeta X o lo que intentan hacer. Está tan por encima de nosotros que incluso si realmente hubieran querido explicárnoslo, sería como intentar enseñarle a las hormigas qué es internet.

(El artículo completo aparece en el enlace The Fermi Paradox.)

Al leer estos párrafos enseguida dejé de lado el tópico de la vida extraterrestre y pensé que la metáfora del hormiguero podía ser muy adecuada para aplicarla al concepto que los seres humanos tenemos del ser al que llamamos Dios.

Si trato de discernir qué definición podría describir a Dios, encuentro que posiblemente lo único que puedo articular es esta frase: Dios es un sistema infinitamente complejo. Somos seres finitos, con una cantidad limitada de conexiones neuronales, pero Dios, sea cual sea nuestra forma de concebirlo, tiene, con seguridad, una complejidad infinita, algo así como si fuera un cerebro formado por una cantidad infinita de neuronas y sinapsis. Nuestra capacidad de comprender lo infinito no es solamente limitada, sino probablemente nula.

La metáfora del hormiguero y la autopista refleja cómo lo infinitesimal, es decir, la hormiga, aún teniendo experiencia real de lo inmensamente complicado, es decir, la autopista (pues la pisa y la transita) se enfrenta a una realidad absolutamente inabarcable a la que ni siquiera roza. Nosotros, seres limitados, con cien mil millones de neuronas, tratamos de entender lo infinito. En el caso de las hormigas, se trataba de lo finito (el cerebro simplísimo de las hormigas) tratando de entender lo que también es finito (la compleja autopista). En nuestro caso, se trata de lo finito (nosotros, seres humanos limitados) tratando de entender no ya lo inmensamente complejo, sino lo infinito, lo ilimitado, lo inabarcable. Cuando intentamos comprender qué es Dios, somos hormigas tratando de entender una autopista de diez carriles, o tratando de entender qué es internet.

Esta posición finita del hombre ante el universo y la realidad me recuerda las declaraciones del físico cuántico teórico Amit Goswami, de la Universidad de Oregon, ya jubilado, que admite en una entrevista, en forma bastante prosaica, que él y sus compañeros no tienen absolutamente ni jodida idea de lo que están haciendo, y afirma que no están más cerca que el hombre prehistórico de descifrar el Universo. (La entrevista aparece en este enlace.)

El hombre ha buscado incansablemente explicaciones de la realidad que le rodea. Las ideas científicas han evolucionado. Hace siglos dejamos atrás el geocentrismo, el antropocentrismo, la idea de que la tierra era plana, la concepción mecanicista del universo, etc. La visión de la realidad ha cambiado, pero no ha sucedido lo mismo con el concepto de Dios. Seguimos teniendo una idea de Dios que forma parte del mundo antiguo. En el imaginario colectivo, el concepto de Dios apenas ha cambiado en varios milenios. Seguimos sosteniendo en el fondo una idea de Dios que continúa encajando bien con el paradigma geocentrista: nuestro mundo como centro del universo, rodeado de planetas y estrellas moviéndose en la bóveda celeste, y Dios convertido en ser antropomorfo, situado en la cima de esa bóveda, velando por el destino humano. Esta concepción de Dios está obsoleta y no hay duda de que cualquier creyente la rechazaría como irracional e infantil, pero como muestra de que no está tan alejada de la realidad, dejo un enlace a un artículo de Benjamin L. Corey sobre la teología calvinista del predicador norteamericano John Piper: No, John Piper, God Doesn’t Kill Babies Because Their Dad Looked At Porn. En él puede verse cómo creamos una imagen de Dios hecha a nuestra semejanza, a la que dotamos de buena dosis de crueldad y psicopatía.

Las religiones del libro exhiben un concepto de Dios que, si bien ha estado sujeto a desarrollos continuos,  evoluciona con dificultad. La idea que estas religiones tienen de Dios está fijada en su libro y constituye parte de su revelación, por lo que no progresa con la flexibilidad con la que avanza el pensamiento humano.  La mentalidad del hombre religioso suele ser fuertemente conservadora y reacia a admitir cambios. Éstos finalmente llegan a ser aceptados, pero muy a su pesar. Y estamos estrechamente influenciados por estas religiones reveladas, especialmente en occidente. Las metáforas que utilizan para describir a Dios (como padre, hijo, rey, juez, pastor, etc) son muy limitadas. No es extraño que autores como Nietzsche o Hegel hablaran de la muerte de Dios. Pero creo que es más adecuado hablar, como decía el gran maestro indio Paramahansa Yogananda, de la muerte del concepto de Dios.

La comprensión de Dios en el hinduismo es sin duda más plástica. Quizás debido a su fuerte conciencia de la infinitud de Dios, concebido como ser Absoluto, más allá de todo entendimiento, la religión de la India ha desarrollado un panteón compuesto por miles de dioses, pero que en esencia no constituye una visión politeísta, sino que intenta ser una metáfora de la complejidad de un Dios que se manifiesta como un poliedro de infinitas caras.

"El Océano del Espíritu se ha convertido en la pequeña burbuja de mi alma. Yo soy esta burbuja de vida --una con el océano de Conciencia Cósmica" (P. Yogananda). Estas palabras del gran maestro indio son un dedo apuntando a la luna. Muestran el alcance de la noción de Dios en el seno de la religión universalista de la India. La metáfora del océano y la ola (o la burbuja) es una representación de la interconexión de Dios y la creación (el hombre, en particular). Este modelo desbanca la figuración geocentrista de Dios antes mencionada y la sustituye por una perspectiva cósmica, rebosante de totalidad: el hombre, la tierra, las estrellas, las galaxias, el universo y todo cuanto contiene son olas de un océano infinito de conciencia cósmica, eterno, inmutable, ilimitado, que se particulariza en cada elemento creado, al igual que del seno del océano emergen olas que terminan disolviéndose para regresar a su origen en la inmensidad.

Creo que el pensamiento de la India ha aportado una visión extraordinariamente evolucionada y desarrollada de la idea de Dios. Quizás se deba a que los sabios de esa tierra, los rishis de la antigüedad, así como los de la era moderna, no han hecho más que traducir en palabras lo que han percibido a través de estados profundos de meditación y conexión.

Bienvenidas sean sus enseñanzas.

Cada santo que ha tocado el núcleo mismo de la Realidad, ha confirmado que el universo está guiado por un plan divino, pleno de gozo y de belleza. (Paramahansa Yogananda)